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domingo, 17 de mayo de 2009

Defensa de la alegría


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría


Gracias a 920 por darme a conocer a este ángel de la palabra.
Gracias, don Mario, por acompañarme tantas noches. Saluda a Avellaneda.

domingo, 1 de febrero de 2009

920


Después de hablar de 4 mujeres de mi presente que ciertamente quiero muchísimo, es hora de hablar de mí y descubrir quién soy, y creo que la mejor manera de hacerlo es que hable de 920.
Ya han pasado 17 años desde que me dejó. Fue mi relación más larga, más intensa, más loca, más absurda, más emocional, más dura, más inteligente, más aleccionadora, más dolorosa, y más placentera. A 920 no la quise, la deseaba, la necesitaba, la olía y me moría de deseo. Y todo sucedió mientras pasaba por ser un imbécil cretino y arrogante, sin principios, prepotente y descerebrado. Y claro, éstos mis encantos no podían retener a nadie más de 6 años, y mucho menos a una gran mujer como ella. Inteligente, dulce, mala, cariñosa, ladina, guapísima (al menos para mí) y destilando sexualidad por cada poro de su piel, en cada rayo de su mirada, en cada aliento de su voz, en lo provocador de su risa. Se fue con el otro y se casó con él. Viví un año entero en un pozo de confusión, rumiando mi derrota, mi fracaso, mi estupidez. Salí muy tocado de eso, pero poco a poco me rehice, con la poca inteligencia que en el fondo tengo, cuando descubrí una palabra: Autocrítica.
Ella me llevó directamente a la ética y la moral personal, que sencillamente me parecieron lo mismo que a un niño el aceite de ricino, pero me la tomé en dosis que se me atragantaban, pero dosis generosas, así que con el tiempo resultó que de ser yo el que hería a sus personas más queridas sin descanso, me convertí en un tipo poco a poco consecuente con mis actos (a veces sigo metiendo la pata, pero ahora sintiéndolo mucho).
La sigo viendo de vez en cuando en el club de tenis. Sigue siendo una mujer espectacular, nunca hablamos, porque la verdad siento que le voy a parecer patético. Supongo que ella sabe que la sigo admirando. Pero no ocupa ya ningún pensamiento importante en mi vida, simplemente es la imagen que me recuerda que tengo que seguir intentando ser mejor cada día.